100 días de oposición | Martí Batres

Sin oposición no hay democracia. Un sistema político democrático supone la existencia de la oposición en muy diversos sentidos. Por un lado, favorece los equilibrios, contrapesos, la vigilancia en el ejercicio gubernamental, la detección y corrección de errores, así como la valoración del alternativas frente a las problemáticas coyunturales. Por otro lado, en un sentido más profundo, la existencia de la oposición implica la posibilidad de la alternancia, es la manifestación más clara de que el poder político no pertenece en su totalidad a una fuerza y no es para siempre. En otras palabras, sólo cuando hay oposición puede aplicarse la máxima de que en democracia nadie gana todo y nadie gana para siempre. La oposición es, pues, el posible gobierno del mañana.

Sin embargo, el éxito de la oposición en la lucha democrática depende de estrategias adecuadas que le permitan ganar consenso y convertirse eventualmente en mayoría.

En el México de hoy, la relación partidista entre gobierno y mayoría ha cambiado drásticamente con la elección del pasado 1 de julio. La fuerza política que se mantuvo en la oposición a lo largo de por lo menos los últimos 30 años por lo menos es ahora gobierno. Mientras tanto, las fuerzas que se alternaron en el gobierno durante ese lapso hoy son oposición.

El citado resultado electoral expresó un severo ajuste en las preferencias electorales. Las fuerzas que habían ocupado el Gobierno vieron reducir drásticamente el apoyo ciudadano. Es lógico que ahora reflexionen sobre cómo reposicionarse para mejorar en los próximos comicios y desarrollar perfiles más competitivos.

Es aquí donde varían los análisis. Por ejemplo, en las filas del PAN, uno de los partidos más sólidos de nuestro sistema político, algunos piensan que los malos resultados que obtuvieron el año pasado se debieron a la ausencia de un espíritu confrontador y al exceso de colaboración en su relación con el gobierno. De ahí deducen que no pueden repetir ese error, que no puede replicarse una conducta como la que tuvieron en el Pacto por México y que, por lo tanto, deben sostener una línea de confrontación con el actual gobierno.

No obstante, después de 100 días es importante que también la oposición haga su balance: En la pasada elección presidencial, Morena obtuvo 44.4 por ciento de los votos; el PAN, 17.8; el PRI, 13.5. Por su parte, la más reciente encuesta del periódico Reforma publicada en el marco de los 100 días de gobierno muestran que el saldo en las simpatías partidistas es que Morena crece y alcanza ya el 57 por ciento, 13 puntos más que en la elección presidencial. El PRI se mantiene en los 13 puntos que obtuvo en los comicios, y el PAN pierde cinco puntos y pasa a 12.

Si esta tendencia se confirma, la reflexión llevará a concluir que el problema del PAN en el pasado sexenio no fue la colaboración con un gobierno en general, sino el apoyo a medidas y decisiones que resultaron altamente antipopulares. Puede ser que el confrontacionismo con el actual gobierno se convierta entonces en un nuevo error.

En efecto, el análisis aconseja suponer que el PAN debió haber sido una oposición muy crítica en el sexenio pasado y que el Pacto por México se le convirtió en un pesado costo político. Pero el mismo análisis puede llevarnos a la conclusión de que frente a un gobierno con elevado apoyo a sus políticas públicas, como el actual, es aconsejable la colaboración más que la confrontación.

En todo caso, cada fuerza de oposición tiene el derecho y la responsabilidad de decidir sus estrategias y de valorar sus resultados.

Presidente del Senado

Publicado por El Universal