1994: política frente a violencia | Ciro Murayama

Columna De Ciro Murayama

Hoy hace 25 años, el 21 de agosto, fueron las elecciones de 1994. Valga recordar aquel año crítico.

México amaneció en 1994 marcado por la violencia política. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) desde Chiapas convocó a derrocar al Estado nacional a través de una insurrección armada.

El día del alzamiento había entrado en vigencia el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. No podía ser mayor el contraste entre el México con aspiraciones de inserción a los mercados globales de valor y el reclamo contra los abusos y el retraso histórico de los indígenas.

La determinación unilateral de alto al fuego por parte del Estado y el inicio de diálogos entre gobierno y EZLN abrieron una primera ruta de entendimiento y contención a la escalada violenta.

Sin embargo, con la Declaración de la Selva Lacandona se había fracturado un consenso democrático básico entre las izquierdas: el compromiso con cauces estrictamente pacíficos e institucionales para buscar la transformación política y social.

En marzo, la descomposición se agravó con el asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI a la presidencia de la república. Días y horas aciagos.

En ese clima de incertidumbre y temor tomó la palabra la política, con mayúsculas. Las tres principales fuerzas políticas (PRI, PAN y PRD), junto con el gobierno, se comprometieron en un acuerdo en lo fundamental para asegurar la transparencia y credibilidad de las elecciones. Fue la primera reforma electoral de pleno consenso. Al Consejo General del Instituto Federal Electoral (IFE) llegaron seis consejeros ciudadanos con voz y voto, designados con la confianza de los partidos, lo que constituyó el primer paso hacia una autoridad electoral independiente del gobierno.

La reforma electoral de 1994 también abrió la puerta a visitantes extranjeros y observadores electorales, y fijó los primeros topes de gasto de campaña, con lo que se avanzó en la equidad en las contiendas políticas. También se introdujo la “doble insaculación” de los ciudadanos que serían funcionarios de casilla, se usó la tinta indeleble, se celebró el primer debate entre candidatos presidenciales, entre otras novedades que ya son parte de nuestra rutina electoral.

Los cambios de 1994 no se hicieron sobre el vacío, sino que potenciaron acuerdos previos, forjados para hacer frente a la crisis política que derivó de la cuestionada elección de 1988: se había creado el IFE y se tenía un nuevo padrón electoral construido desde cero con la supervisión de los actores políticos para evitar sesgos y arbitrariedades que ocurrían cuando la lista era confeccionada por el gobierno.

El 21 de agosto de 1994 llegó la hora de la expresión de la ciudadanía. En las elecciones de hace ya un cuarto de siglo, salió a votar 78% de los ciudadanos empadronados, una cifra que no se ha vuelto a alcanzar. Frente a la violencia tomaron la palabra el voto y la alta participación. Las elecciones fueron una demostración de que era posible y deseable la coexistencia de la diversidad política de manera pacífica. Los comicios fueron, gracias a la construcción legal e institucional que les antecedió, un factor de estabilidad.

Las elecciones, sobra decirlo, no disiparon per se todos los nubarrones. En septiembre del 94 reapareció la violencia política con el asesinato del secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Massieu, y en diciembre fue insostenible la sobrevaluación del peso que precipitó una severa crisis económica.

En un año convulso se logró que el cambio del poder político se diera de manera legal, legítima y pacífica. En 1994 fue la política con altura de miras, incluyente y forjadora de consensos, lo que permitió sortear la trampa de la violencia. Hay lecciones de la historia que conviene no olvidar ni minusvalorar.

Consejero del Instituto Nacional Electoral

Publicado por Milenio Digital