Dos historias callejeras | Rafael Cardona

El Cristalazo

Es un parque mediano. O un jardín polvoriento, como se le quiera ver. Sin césped ni flores, ni estanques. Ocupa una manzana completa en calles de la colonia de los Doctores (Liceaga, Navarro, Carmona y Valle), limitado por la Avenida Cuauhtémoc en su frontera con la colonia Roma.

Tiene una extrañísimo nombre: Doctor Ignacio Chávez.

Y esta rareza se debe a una circunstancia propia de una ciudad sin orden ni concierto en nada, ni siquiera en su nomenclatura, porque el único busto ahí colocado es el de otro médico ilustre y bienechor: el doctor Teodoro Césarman, también cardiólogo eminente, como aquél que en mala hora llegó hasta la Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México, de donde fue echado (literalmente) a patadas por los rufianes de uno de los cientos de “movimientos estudiantiles”. Su estatua está frente al Centro Médico, en otro parque también sobre la avenida Cuauhtémoc donde naufraga un monumento al rock, “Strawberry Fields Forever”

Pero ésa es historia aparte.

Ahora los líderes de movimientos por la reivindicación universitaria, están en el gobierno. Como decía Efraín Huerta; a los maestros de marxismo no se les podía entender, unos estaban en la cárcel; otros en el poder.

En fin.

Pasos adentro de donde los domingos se instala un bien surtido mercado de chácharas y antigüedades, en el cual (como en el tango) se ve llorar la Biblia junto a un calentón, hay espacios para el descanso. 

Un área para reuniones, algunos senderos y una fronda de árboles jóvenes, pues no debemos olvidar el uso anterior de ese predio: fue la Secretaría de Industria y Comercio. También  alojaba en sus dimensiones de solar completo, el más grande cine de la Ciudad de México: el Internacional, con cupo para más de dos mil personas y una enorme pantalla donde se vio combatir a Ben Hur y Dalila le cortó los bucles a un Sansón musculoso, cuyos pectorales eran impresionantes.  Tanto como para justificar el chiste de Groucho Marx.

En esa película, el galán superaba en tetas a la muchacha. Y no era cualquier mujer, era la bellísima e irrepetible Hedy Lamarr; uno de cuyos muchos maridos fue el músico suizo,Teddy Stauffer, inventor de la vida social y turística de Acapulco, quien murió triste y solitario; hinchado como una hidra repleta de ginebra, en una oficina del Hotel Continental, en la cual — sostenido por la caballerosa manutención de don Miguel Alemán— había pintado una cruz blanca sobre fondo rojo y un asomo de nostálgico horizonte alpino.

Pero estas divagaciones están bien para una tarde de domingo en el tianguis de los trebejos. Y por ahí caminaba este redactor cuando alguien lo abordó.

Un hombre delgado, quizá en  sus cincuenta, con las evidencias de nunca haber logrado nada superior al salario mínimo. Cortés, educado y amable, me dijo:

—Usted que puede, dígales a estos cabrones que ya ni la chingan.

Cuando yo le iba a preguntar la identidad de los cabríos y la necesaria explicación de tan perjudiciales  afanes, me atajó:

—Llevo tres meses esperando  para una operación. No me pueden hacer nada en el Gea, (Hospital Dr. Gea González, quien no tiene calle, sólo hospital, si de algo sirve estar en la colonia de los Doctores), porque no tienen material quirúrgico. Cuando me puedan atender, ya me habré muerto— me dijo con el resignado tono de un budista en Katmandú.

En ese momento y cuando me disponía a irme en medio de comentarios cuya naturaleza resulta tan predecible como para omitirlos, un segundo hombre me abordó también:

—No, señor, si no deben darnos nada. No tienen nada que darnos, ni medicinas, ni consultas gratuitas porque todo eso ya lo estamos pagando con los impuestos, si ni siquiera les doy el gusto de que piensen que son buenos; es su deber, ellos no tienen nada, todo es de nosotros, su puesto y el dinero y los hospitales.

—Bueno, pero los servicios gratuitos… —intenté decir, pero el segundo espontáneo me apabulló:

—Gratuito, ¡madres!, si no fuera dinero de los impuestos sino de la deuda, de todos modos nosotros lo pagaríamos. El gobierno existe porque existimos nosotros, no se le olvide, mi periodista…”

Y en el ya dicho jardín se puede explicar el surrealismo, porque hay una máquina de coser junto a un paraguas y dos viandantes cuya sabiduría ofrece gratuitas lecciones de ciencia política, salud y administración pública.  

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Publicado por La Crónica de Hoy