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Gobierno de México firma acuerdo de colaboración voluntaria con Google, Meta y TikTok para combatir violencia digital contra las mujeres
En el marco de las acciones por el Día Internacional de la Mujer, el Gobierno de México, a través de la Secretaría de las Mujeres y la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones (ATDT) suscribió el Primer acuerdo de colaboración voluntaria con plataformas digitales para combatir las violencias en el ámbito digital con Google, Meta y TikTok.
Proponer un “Escudo de las Américas”, excluyendo a Brasil, Canadá y México, las tres poblaciones, los tres territorios y las tres economías más grandes del continente americano -después de Estados Unidos- y cuyas superficies representan una tercera parte del macizo continental, nos habla de la naturaleza excluyente, discriminatoria y limitada de una posible salvaguardia americana. Es decir, nos revela el criterio parcial, ideologizado y de corto alcance con que fue diseñada la reunión.
Quienes asistieron a la Cumbre tienen en común la pertenencia a una corriente de pensamiento político y económico que privilegia el mercado sobre el Estado; la Empresa Privada sobre la Empresa Pública; el Capital Financiero sobre el Capital Social, y el Derecho a la Fuerza sobre la Fuerza del Derecho en la solución de las controversias.
O sea, fue una Cumbre de mandatarios de la derecha latinoamericana.
¿Ello demerita la iniciativa del Escudo de las Américas? No, pero sí hay que ubicar sus alcances, propuestas y consecuencias.
El otro elemento, que nos atañe directamente, es haber puesto a México y al gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum en el epicentro de la violencia que vive el continente por la irrupción de bandas criminales, y en el centro de la seguridad nacional de Estados Unidos (EE. UU.) eso sí es un cambio cualitativo en la doctrina de la seguridad nacional y continental que durante décadas compartieron por igual gobiernos demócratas y republicanos en ese país.
Durante la llamada Guerra Fría, México jugó un papel especial en materia de seguridad nacional, y también con el surgimiento del orden económico unipolar.
En la etapa de posguerra, se le consideró el backyard o patio trasero de la Unión Americana.
Con un margen reducido de autonomía, el nuestro, por ejemplo, era uno de los principales países donde operaba la CIA.
Luego, durante el reordenamiento multipolar, México se volvió puente de negociación, comunicación y mediación entre EE. UU. y naciones del Caribe y Centroamérica; una especie de “hermano mayor” al que se acudía con respeto y confianza, por su probada tradición diplomática independiente. Republicanos y demócratas lo consideraban un aliado importante para la seguridad de su país, por la contención y resolución de problemas como migración irregular y tráfico de drogas.
Hoy todo eso cambió con la cruzada iniciada por el Presidente Trump para que EE. UU. vuelva a ser el polo central del poder económico y militar planetario.
En este nuevo orden, a México no se le considera bisagra, mediador, socio comercial o hermano mayor, sino una de las amenazas principales para la seguridad y prosperidad de aquel país.
Y esto es un giro de 180 grados, insospechado, en los más de 200 años de relaciones diplomáticas bilaterales.
Con el Escudo de las Américas, el narcotráfico ya no es un problema de salud pública, policial o judicial; es una amenaza terrorista transnacional que solo puede enfrentarse con soluciones y estrategias de exterminio militar “letal”.
La noticia llega justo cuando México entra a la renegociación del T-MEC, en la que el petróleo, el litio y las tierras raras jugarán un papel especial.
Y de esa reunión no será excluido, por el contrario, se le incluirá, pero con propósitos y motivaciones muy raras o transparentemente geopolíticas.
El giro copernicano en la doctrina de seguridad estadounidense hacia México no es un mero ajuste retórico, sino el reflejo de una transformación estructural en la concepción del poder en América del Norte.
Al colocar a nuestro país en el centro de la amenaza terrorista hemisférica, Washington redefine su relación bilateral y sienta las bases para una intervención multiforme en asuntos que, según la normatividad interna y el derecho internacional, deben considerarse de jurisdicción exclusivamente local o nacional.
La etiqueta de terrorismo aplicada al narcotráfico no es inocente: abre la puerta jurídica y política a acciones unilaterales, operaciones encubiertas y una eventual presencia militar “temporal” que, como la historia demuestra, tiende a perpetuarse.
La exclusión de México, Brasil y Canadá del núcleo del Escudo de las Américas no es una omisión técnica, sino una declaración de principios. Revela que la arquitectura de seguridad que se pretende construir no busca la cooperación horizontal entre iguales, sino la subordinación vertical de unos Estados a los designios de otros. Los países convocados parecen haber sido seleccionados no por su capacidad de contribuir a la seguridad colectiva, sino por su alineamiento ideológico y disposición a aceptar sin objeciones las premisas impuestas por la Casa Blanca.
Para México, el desafío es doble: por un lado, responder a la creciente presión de militarización de la seguridad sin renunciar a su soberanía; por el otro, sortear las trampas de la renegociación del T-MEC, en la cual sus recursos estratégicos son el verdadero botín. La administración de la Presidenta Sheinbaum enfrenta, así, un escenario de alta complejidad en el que las decisiones sobre seguridad, comercio y energía están entrelazadas.
Ceder en un frente debilita la posición en los otros; resistir en todos requiere una estrategia de alta política y una visión de Estado periférica y trascendental.
La historia reciente ofrece lecciones valiosas.
Durante la Guerra Fría, México logró mantener una política exterior autónoma porque supo equilibrar la cercanía geográfica con EE. UU. y una inserción internacional diversificada.
Esa experiencia, forjada en décadas de sólidos principios de política exterior, diplomacia activa y cohesión interna, es hoy más relevante que nunca. Más que una confrontación estéril, se trata de construir contrapesos: diversificar relaciones económicas o comerciales, fortalecer la presencia en foros multilaterales y articular alianzas con países que compartan una visión de seguridad cooperativa y no hegemónica.
En su formulación actual, el Escudo de las Américas es más una espada que un escudo. Y apunta en una dirección muy clara. México debe responder con inteligencia, no con estridencia; con diplomacia, no con sumisión; con visión de largo plazo, no con reflejos coyunturales.
La soberanía no se defiende con discursos, sino con hechos, con instituciones fuertes, con política exterior activa y con una sociedad informada y movilizada en torno a su destino común.
El tablero geopolítico se movió; ahora toca jugar la partida con astucia, memoria y convicción.