Investigadores de la UACM avanzan en el desarrollo de biocombustibles, metabolómica y herbolaria.

Ciudad de México, 13 de febrero de 2026

La Unidad de Investigación de la UACM ha producido bioetanol con eficiencias entre el 30 y 40 por ciento.

Se ha trabajado con metabolitos y propiedades de plantas medicinales, con la consolidación del Herbario de esta casa de estudios.

Profesores-investigadores de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) avanzan –a través de la Unidad de Investigación y el Herbario– en la investigación para la producción de bioetanol para su aprovechamiento energético; metabolómica, en la búsqueda de funciones o marcadores de diversos compuestos; y medicina, con la consolidación del Herbario y Huerto de la UACM, para el tratamiento de enfermedades primarias.

En entrevista, el Dr. José Alberto Mendoza Espinosa –profesor investigador de tiempo completo de esta casa de Estudios desde el 2008– explicó que nosotros, como ciudad, “una de las cosas que más producimos es basura orgánica. Producimos muchos desechos de cáscaras de naranja, toronja y esos desechos al final se van a un vertedero, fermentan y producen gases de efecto invernadero”.

“Para su aprovechamiento, tratamos de convertir eso en un biocombustible. Hay estudiantes que estudian fermentación, mejores condiciones para producir etanol a partir de los residuos orgánicos. Hemos producido bioetanol a partir de cáscara de naranja y de mezquite; hemos hecho combinaciones de mezquite con pulque, siempre tratando de aumentar la eficiencia y hemos logrado tener eficiencias arriba de un 30-40 por ciento”, apuntó. La UACM tiene el Programa de Energía y ahí se ofrece la Maestría en Ingeniería Energética, con una orientación en eficiencia energética.

En este orden de ideas, otra forma de aprovechamiento de esos residuos es la búsqueda de componentes bioactivos que pueden servir en la industria. “Hemos rescatado algunos compuestos que incluso tienen actividad contra células cancerosas. De hecho, en los desechos en las cáscaras de Saramuyo (chirimoya) y Caimito (fruto tropical de Centroamérica y el Caribe), encontramos que tienen la capacidad de inhibir la transcriptasa inversa del VIH; esto lo estuvimos trabajando con el Instituto de Química en la UNAM y tiene casi una eficiencia del 99 por ciento”, enfatizó.

“Hemos visto que algunas cáscaras pueden –incluso– ayudar a mejorar la memoria a corto plazo inhibiendo una enzima que se llama acetilcolinesterasa. Entonces a todo eso de los desechos nosotros le pusimos como tema ‘aprovechamiento de matrices biológicas’,  y va encaminado a la energía y a la agroindustria”, abundó.

El otro tema es la metabolómica. “Estudiamos los metabolitos presentes en las matrices y a esos metabolitos les buscamos alguna función o hacemos marcadores; por ejemplo, tomamos glucosa, fructosa y sacarosa. Los determinamos y vemos el estado de madurez de las frutas o buscamos marcadores que nos indiquen infecciones. Por ejemplo, algunas frutas –cuando tienen algún proceso infeccioso– aumentan la cantidad de ácido málico; determinamos y cuantificamos; recientemente estudiamos algunos metabolitos de los venenos de las víboras”.

Por otro lado, el Dr. Mendoza Espinosa destacó los trabajos con plantas medicinales –con alguna propiedad, ya sea contra el cáncer, contra el Alzheimer, antibacteriales o antivirales– a través del Herbario de la UACM y las colectas alrededor de la Ciudad de México.

“El Herbario nació como un proyecto –para el Conacyt– que buscaba estudiar plantas que tenían actividad contra el cáncer. En aquel entonces el equipo éramos la doctora Loraine Schlaepfer Pedrazzini, Susana Peralta y un servidor. Empezamos y la idea era colectar plantas alrededor de la Sierra de Santa Catarina y probar su actividad en líneas tumorales. Recorrimos la Sierra y diferentes cerros que están alrededor de los volcanes. Después nos extendimos a Amecameca y el Desierto de los Leones y así fue como nació el herbario. Posteriormente, con la llegada de los nuevos profesores, nace un huerto. Entonces el herbario ya no sólo colecta, sino también produce sus propias plantas”, dijo.

“Nos sorprendimos porque una gran cantidad de gente en Iztapalapa, en Milpa Alta, en Iztacalco, en el Desierto de los Leones, tienen prácticamente su farmacia traspatio; muchos de ellos tienen manzanilla o hierbabuena, en algunas ocasiones árnica y preparan sus propios tratamientos. El conocimiento de plantas de la Ciudad de México es muy variado porque tiene una parte local, pero también hay mucha gente que emigró de Michoacán, de Yucatán, de la zona de Campeche, de Chiapas o de Oaxaca; hay muchos emigrantes y éstos trajeron consigo su cultura y conocimiento acerca de las plantas”.

“Tenemos un amplio uso de plantas medicinales que se empieza cada vez a documentar más. En el herbario de del IMSS –de la maestra Abigail Aguilar Contreras– están prácticamente documentadas plantas de toda la República Mexicana; nosotros tenemos las del Valle de México y es un libro abierto, un libro abierto de posibilidades tanto de investigación como culturales y migración. De hecho hasta podríamos tomar las plantas de la Ciudad de México como marcadores del cambio climático: cuando uno va y revisa cierto cerro, hace la colecta florística y vas y vuelves a revisar el cerro, puedes ver los cambios en la floración, los tipos de plantas. Igual que los marcadores de aves, las plantas también podrían servir incluso como un marcador de cambio climático”, aseguró.

“Yo creo que sí nos haría falta –incluso como universidad– plantear una especialidad en manejo de las plantas mexicanas para tratar enfermedades primarias, como un dolor de estómago o una gastritis. Una vez que nosotros hacemos la recopilación, volvemos a la comunidad y mostramos el trabajo presentado”, enfatizó.

“Hemos estado en Yautlica, en secundarias, donde tratamos de mostrar que, lo que ellos nos dieron, se puede retribuir y en esa retribución ellos también pueden lograr diferenciar entre una especie y otra”.

El especialista comentó que uno de los problemas de la medicina tradicional en México –cuando se hace sin conocimiento– es la confusión de las especies. No es fácil distinguir una especie de otra. Ese entrenamiento –distinguir una especie de otra– se puede llevar muy bien en los herbarios pues no se necesitan grandes recursos; se requiere un microscopio, a veces hasta con una lupa es suficiente para distinguir y hacer un preparado que te pueda servir para tratar algún tipo de enfermedad de primera mano.

“Obviamente, para tomar la planta, tienes que tener un diagnóstico preciso y ese entrenamiento se puede consolidar en una especie de trabajo de especialización o diplomado en nuestra universidad. A lo mejor en algún momento tendríamos que caminar en ese sentido, para apoyar o fundamentar más el uso que ya se está dando de las plantas dentro de las comunidades de la Ciudad de México”, puntualizó.

A 25 años de su creación, Mendoza Espinosa destacó que la UACM es un proyecto muy noble que permite libertades académicas. “Los estudiantes son muy nobles. Empezamos a trabajar con ellos desde el servicio social, les enseñamos a hacer libretas de campo, les enseñamos a hacer un diario de investigación y algunos de ellos terminan con sus tesis. Algunos de ellos ya trabajan en la Secretaría de Salud de la Ciudad de México, algunos hacen maestría, otros de nuestros estudiantes están en el IMSS, otros andan en campañas de vacunación y también hay profesores de preparatoria”.

Texto y Fotografía: Universidad Autónoma de la Ciudad de México