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Ricardo Monreal Ávila reitera que Morena va a mantener su apoyo a la presidenta en la iniciativa de reforma electoral
Ricardo Monreal Ávila reiteró que en lo que respecta a la reforma electoral, Morena va a mantener su apoyo a la presidenta, “va a mantener su respaldo a la iniciativa presidencial y a mantener, sin duda, el que es conveniente que este ‘decálogo por la democracia’ se refleje en la Constitución vigente”.
El realineamiento del orden mundial cuadripolar (América, China, Rusia, Asia) vive uno de sus capítulos más incendiarios y de alto riesgo: la guerra de Estados Unidos (EE. UU.) e Israel contra Irán.
Como todo lo que sucede en Oriente Medio desde el siglo XIX, la producción, distribución y comercio del petróleo de la región tienen que ver con la causa principal del conflicto, a la que siempre se le aderezan motivos humanitarios y democráticos, como la eliminación de armas de destrucción masiva y la liberación del pueblo en cuestión del “yugo de un régimen teocrático” o autoritario.
Al menos así sucedió en la guerra del Golfo Pérsico de 1980; en la “Tormenta del Desierto”, de 1990, y en la actual “Furia Épica” y “Rugido del León”, de 2026. Al final, siempre emergen uno o dos gobiernos árabes perdedores y un nuevo reparto mundial del acceso a la principal fuente de energía de la economía planetaria, con todo y transición energética hacia fuentes alternas: el petróleo. Geopolítica pura.
Tanto en 1980 (Irak vs. Irán) como en 1990 (Irak vs. Kuwait), sendas Comisiones de la ONU llegaron a la conclusión de que “las armas de destrucción masiva no existieron”, a lo que las potencias invasoras respondieron “no las encontraron porque nosotros las destruimos antes”.
Sobre la esperada liberación de los pueblos de gobiernos teocráticos dictatoriales, el cambio político se redujo al derrocamiento del Ayatolá en turno, para la asunción de otro gobierno igual o peor (en términos de indicadores democráticos occidentales), pero proveedor puntual y barato del petróleo y gas de la región. Pura geopolítica.
Tanto hoy como ayer y anteayer, el Canal de Suez y el Estrecho de Ormuz son el centro del tablero de ajedrez. Entre ambas rutas se mueve el 40 % del comercio mundial energético, y siempre que hay conflicto en esa parte del orbe, la economía, el comercio y las finanzas mundiales sudan frío y hacen temblar a la mitad del planeta.
La otra mitad, que queda quieta y expectante, al final suele decidir, mediar y equilibrar el curso de estos amagos bélicos. Hablamos de Europa, Rusia y China. Por lo pronto, la duración del conflicto, conforme a los precedentes, podría ser de cuatro a seis semanas, y mientras el barril de petróleo no suba más de 25 dólares en ese tiempo, los cisnes negros de la inflación y la recesión mundiales no alzarán su vuelo.
En esta especie de tablero ampliado, es necesario identificar los riesgos, actores y márgenes de maniobra para México. La escalada bélica en Oriente Medio no es un incidente aislado, sino un síntoma de la reconfiguración global del poder. En ese sentido, el conflicto entre EE. UU., Israel e Irán debe leerse como un movimiento más en la partida de ajedrez que protagonizan las potencias emergentes y las establecidas. Además del control del petróleo, está en juego el trazado de nuevas rutas comerciales (China, por ejemplo, a través del megaproyecto la Brecha y la Ruta, busca el restablecimiento de una nueva Ruta de la Seda), la redefinición de alianzas militares y la disputa por la supremacía tecnológica y financiera.
En este contexto, México enfrenta un desafío doble: preservar su autonomía en un escenario de creciente presión externa y evitar que su integración económica con Estados Unidos -particularmente en el marco del T-MEC- lo convierta en un actor subordinado a los designios bélicos de su principal socio comercial.
La historia reciente muestra que cuando Washington se embarca en aventuras militares en Oriente Medio suele exigir lealtades incondicionales a sus aliados. Nuestro país no puede ni debe caer en esa trampa.
La política exterior mexicana tiene, en este sentido, un acervo de principios que le permiten navegar aguas turbulentas sin perder el rumbo. La doctrina Estrada, la solución pacífica de controversias, la no intervención, la autodeterminación de los pueblos, el respeto irrestricto de los derechos humanos y la cooperación para el desarrollo no son fórmulas retóricas, son herramientas jurídicas y diplomáticas que han dado a México un perfil propio en el concierto de las naciones. Recuperarlas y actualizarlas frente a los nuevos desafíos es una tarea impostergable.
Pero los principios no bastan si no van acompañados de una estrategia clara. México debe, por ejemplo, diversificar sus relaciones económicas y energéticas para no depender solo del mercado estadounidense. La crisis de Oriente Medio revela, una vez más, la vulnerabilidad de las cadenas globales de suministro y la necesidad de contar con socios confiables en distintas regiones. Por tanto, fortalecer vínculos con la Unión Europea, América Latina y Asia-Pacífico no es una opción, sino una necesidad de Estado.
También es fundamental que México participe activamente en los foros multilaterales donde se discute el futuro del orden global. Y, más que alinearse con bloques, es defender intereses nacionales en un mundo que tiende a la polarización. Nuestra voz debe escucharse en Naciones Unidas, en la CELAC, en la OCDE y en todo espacio donde se negocien las reglas del juego internacional. El silencio, en estos casos, equivale a sumisión.
Finalmente, conviene no perder de vista que la guerra también se libra en el terreno de la información. Las narrativas que justifican las intervenciones militares suelen construirse desde los grandes medios de comunicación y las plataformas digitales. México debe desarrollar capacidades propias para contrarrestar la desinformación y ofrecer a su población una visión crítica y fundamentada de lo que ocurre en el mundo. Una ciudadanía informada es la mejor defensa contra la manipulación geopolítica.
En este selvático escenario, México debe rescatar de la región a las y los compatriotas atrapados en esa parte del planeta; ceñirse el cinturón de seguridad que son los principios de política exterior señalados puntualmente en el artículo 89, fracción X, de nuestra Constitución; seguir la política de no alineación respecto a las partes en conflicto y, por el contrario, jugar del lado de la negociación y la distensión; evitar que la negociación del T-MEC sea rehén de este nuevo realineamiento o moneda de cambio de apoyos a posturas belicistas; pugnar en foros internacionales por una rápida terminación del conflicto, y no entusiasmarnos mucho con precios altos del crudo de exportación, porque, como diría el clásico, así como exportamos naranjas, importamos jugo de naranja.