La doctrina “Donroe” o el realismo ofensivo

Ciudad de México, 14 de enero de 2026

Candelero

Por Ricardo Monreal Avila

Cuando el presidente Donald Trump declara que “no necesita del derecho internacional para tomar decisiones”, y que su poder únicamente está limitado por su “propia moralidad”, está recurriendo, de inicio, a un tipo de “realismo ofensivo”.

Cuando el Departamento de Estado, después de la “sustracción” del presidente Nicolás Maduro y de su esposa por fuerzas militares estadounidenses difunde una imagen que dice “América es nuestro hemisferio”, está aplicando un principio básico del realismo ofensivo.

Cuando el Ejecutivo de Estados Unidos anuncia que se encuentra listo para realizar una incursión militar en México, a fin de combatir a los cárteles de la droga, está ejerciendo una política de realismo ofensivo, consistente en que si un Gobierno decide usar la fuerza debe hacerlo sin contemplaciones ni explicaciones.

“Realismo ofensivo” es el término que se usa ahora en la doctrina de las relaciones internacionales para ilustrar la forma como los Estados de la comunidad internacional están reaccionando al tránsito del unipolarismo o hegemonismo mundial a una plataforma multipolar, donde ya no una potencia, sino varias, definen el curso del planeta. Así, el realismo ofensivo busca la máxima dominación, subordinación y supremacía de una de las partes sobre el resto del sistema.

En contrapartida, el realismo defensivo constituye otra escuela de pensamiento dentro de la teoría de las relaciones internacionales. Su postulado central es que la principal ambición de los Estados no es la acumulación ilimitada de poder, sino la garantía de su propia seguridad y supervivencia. Según la influyente formulación de Kenneth Waltz (1979), la anarquía inherente al sistema internacional —la ausencia de una autoridad central— impulsa a los Estados a comportarse con cautela. En este contexto, una búsqueda desmedida de poder puede resultar contraproducente, al suscitar desconfianza y promover que otros actores formen coaliciones para restablecer el equilibrio.

Robert Jervis (1978) profundiza en este análisis introduciendo el concepto del dilema de seguridad: con frecuencia, las acciones que un Estado emprende con fines puramente defensivos son interpretadas por sus vecinos como una amenaza ofensiva, lo cual puede desencadenar espirales de conflicto. Lejos de ser una teoría pesimista absoluta, el realismo defensivo acepta que la cooperación internacional es factible. Esta surge cuando los Estados, actuando racionalmente, comprenden que el expansionismo agresivo suele minar su estabilidad y seguridad a largo plazo.

John Mearsheimer es el internacionalista que más ha desarrollado el concepto de realismo ofensivo. Este se enmarca en una teoría sistémica en el contexto de las relaciones internacionales. Sus puntos clave son:

El sistema internacional es anárquico (no hay autoridad central).

Los Estados buscan maximizar su poder relativo (no solo en los temas de seguridad), porque cuánto más poder tienen, más garantizada está su supervivencia.

Los supuestos anteriores llevan a los Estados a comportarse de manera agresiva y expansiva cuando pueden, buscando la hegemonía regional.

El derecho internacional y las instituciones (dígase la Organización de las Naciones Unidas, por ejemplo) tienen poca influencia real frente a los imperativos de poder.

El autor estadounidense argumenta además que el sistema internacional requiere que los Estados maximicen su poder ofensivo para estar seguros y evitar que los rivales obtengan poder a costa suya. De hecho, este incentivo sistémico es tan contundente que los Estados se convertirían en los más poderosos de todos, si pudieran: “El objetivo final de un Estado es ser la potencia hegemónica en el sistema”. Solo siendo la potencia hegemónica puede el Estado estar absolutamente seguro de su seguridad. Para Mearsheimer, los Estados buscan maximizar el poder no porque sean agresivos, sino porque el sistema lo requiere. Este comportamiento es la mejor manera de maximizar la seguridad en un mundo anárquico; es decir, en un mundo donde las potencias emergentes compiten con el polo único del antiguo orden.

El realismo ofensivo, por otro lado, además de esto último, predice que incluso Estados satisfechos o de cierta forma plenos buscarán dominar en la escena mundial, porque el sistema los obliga. Sin embargo, un líder que diga “solo mi moral me limita” está quizá más cerca de una doctrina de poder personal ilimitado o de una especie de autocracia que de una teoría realista, ya que los realistas siempre reconocen limitaciones materiales del poder (equilibrio de poder, capacidades económicas-militares).

En este tenor, ante el despliegue de la miríada de hechos injerencistas o intervencionistas, para diversos observadores, más que revivir la doctrina Monroe de hace 200 años, lo que se busca ahora es aplicar la doctrina Donroe, que plantea edificar un nuevo orden mundial, en el que la supremacía militar, industrial, comercial, financiera, monetaria y civilizatoria sea unipolar y no tan diluida, difusa y segmentada como lo promueve la multipolaridad.

Hay un texto enviado al Congreso estadounidense el pasado mes, que sintetiza la doctrina Donroe: la Estrategia de Seguridad Nacional de la Unión Americana para 2026, la cual plantea los objetivos de salvaguardar la soberanía y la supervivencia de Estados Unidos, recuperar el control integral de sus fronteras y del sistema migratorio, sostener “la paz mediante la fuerza” y fortalecer la seguridad económica vía la reindustrialización.

El documento señala que es preciso seguir un “realismo flexible” (en realidad, ofensivo) que aliente el trabajo con países que no son afines, pero que tienen intereses comunes. Según la publicación, las intervenciones son necesarias algunas veces para eliminar las amenazas a la nación.

Algo para analizar y comentar en otra entrega.

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