El Mundial: luces y sombras

Ciudad de México, 17 de junio de 2026

Candelero

Por Ricardo Monreal Ávila

El futbol es el deporte más popular a nivel global. Pero en esta edición del Mundial no hubo representación de los dos países más poblados: India y China. De haber estado ambos equipos, la audiencia de la inauguración hubiese sido del doble de los 1,500 millones de personas que vieron ganar a México sobre Sudáfrica.

Y en torno a este evento existen otros matices que escapan de lo deportivo, pero que devienen en temas de interés público y sobre los cuales no se puede guardar silencio. Uno de ellos tiene que ver con la huella de carbono del Mundial. Trasladar a más de 40 Selecciones, miles de periodistas y cientos de miles de personas aficionadas por tres países genera colosales emisiones de gases de efecto invernadero.

Las promesas de sostenibilidad de organismos como la FIFA pueden estar chocando con la realidad de los vuelos chárter, las grandes oleadas de consumo de todo tipo de servicios y de plástico de un solo uso y objetos desechables. Nadie quisiera arruinar la gran fiesta del futbol con datos climáticos, pero si no se insiste en la necesidad impostergable de permear toda actividad humana con la conciencia ecológica, el planeta podría pasar una factura muy cara.

En términos económicos, dada la histórica integración entre las naciones de América del Norte, también podría haber sido el “Mundial del T-MEC”, es decir, el primero organizado por tres países que, por ser socios comerciales, pueden integrar el polo regional del planeta con mayor potencialidad económica, pero la incertidumbre sobre los alcances de la revisión en puerta del Tratado impidió presentarlo así.

Siguiendo con la dimensión comercial, el Mundial 2026 (y sus Estadios llenos) también luce su carácter patrimonial. Las televisoras pagaron cifras récord por los derechos de transmisión, y para recuperar su inversión saturan los partidos de cortes comerciales (aprovechando las novedosas —y cuestionadas— pausas para “hidratación”). En el Estadio, la afición corea los goles; quienes siguen los partidos por televisión corean, más bien, contra los cortes publicitarios. El deporte más popular sigue siendo, también, el más mercantilizado.

Y para el análisis quedan las condiciones de los grandes sectores laborales que están detrás del gran esfuerzo que conlleva organizar un Mundial de Futbol, como los trabajadores de la construcción (en este caso, para levantar y remodelar Estadios). Con independencia de la coyuntura, en el marco del T-MEC, los tres países anfitriones están unidos por el compromiso de garantizar empleos dignos. Pero algunas voces (como las de los sindicatos independientes) documentaron jornadas excesivas, salarios por debajo de lo estipulado y falta de medidas de seguridad en varios proyectos. La FIFA celebró la puntualidad en las obras; los trabajadores de la construcción celebraron no haber muerto en el intento (o no haber sido deportados, tras el acoso de ICE, en el caso de Estados Unidos). Ese es otro tipo de gol que nadie televisó.

Los altos costos de los boletos (de incluso cientos de miles pesos por entrar el Estadio Ciudad de México) volvieron impopular al popular deporte, pero no fueron obstáculo para que el partido inaugural tuviera récord de audiencia televisiva, en plataformas de internet y redes sociales. Y aquí podemos encontrar otro contraste; la brecha digital. Mientras las plataformas en línea rompían récords de tráfico, comunidades enteras en zonas rurales de todo el mundo no pudieron seguir los partidos en vivo por falta de conectividad. El

Mundial más tecnológico de la historia podría estar excluyendo, paradójicamente, a quienes viven en la geografía del olvido. Los centros de transmisión en 8K y las experiencias de realidad aumentada parecen reservadas para clases privilegiadas; lejos están de ser una conquista universal.

Por ello, el Mundial Social del Gobierno de México fue una buena iniciativa para involucrar al mayor número de comunidades, pueblos y ciudades -y especialmente a niñas, niños, adolescentes y jóvenes- en esta gran fiesta deportiva.

Y contra todo pronóstico y apuestas de que sería un calvario llegar al otrora Estadio Azteca a presenciar la inauguración, el acceso fue expedito y sin accidentes que lamentar. Adentro y afuera hubo orden, atención y organización. Las autoridades federales y locales, tanto en CDMX como en Jalisco y Nuevo León, pasaron la prueba de fuego.

Para México, este es también el Mundial de las protestas, las reivindicaciones y las demandas afirmativas. Los dos Mundiales anteriores no tuvieron buenas cartas de presentación en este renglón. México 1970 se jugó sobre una gran herida política, que después cambiaría al país: la represión estudiantil de 1968. México 1986 se jugó sobre una gran herida social causada por el terremoto de 1985, que nos abrió la conciencia a temas de desastres naturales y protección civil.

México 2026 es el Mundial de la libre manifestación y expresión de las ideas, en el que todas las voces discordantes y sus exigencias, como la disidencia magisterial, las madres buscadoras, quienes reclaman existencias de medicamentos y una docena de organizaciones civiles, buscaron visibilizarse y expresarse ante los ojos del mundo. Se dejaron ver y se hicieron escuchar, pero el mundo constató también la alegría, civilidad y respeto de la gran mayoría del pueblo de México. El saldo blanco de la inauguración desnaturaliza cualquier relato en sentido contrario.

Con todo, se debe evitar a toda cosa el que pudiera ser el verdadero claroscuro. Aunque la fiesta ha sido enorme, los pendientes —climáticos, sociales, laborales y éticos—, también. La próxima cita, dentro de cuatro años, tendrá que acentuar que un Mundial no se mide solo por éxito comercial o récords de audiencia, sino por las huellas que deja —o borra— en su camino.

El futbol distiende la política y ayuda a la paz. La participación de Irán en el Mundial 2026 y el hecho de jugar en los mismos Estados Unidos, en plena guerra entre ambas naciones, encontró su primera victoria aun antes de iniciar el primer partido, con la firma de un acuerdo de paz bilateral para abrir el estrecho de Ormuz. Golazo desde la media cancha de Oriente Medio.

Este es el segundo Mundial para los EE. UU. El soccer ha ido ganando terreno con nuestro vecino gracias a las gestiones de Henry Kissinger y de los directivos de clubes en aquel país, pero sobre todo gracias al crecimiento de la población hispana. El futbol tiene una indeleble alma latina.

ricardomonreala@yahoo.com.mx

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