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Sheinbaum Pardo presenta el minivehículo Olinia Carga; la convocatoria para su producción se publica en septiembre
Sheinbaum Pardo encabezó la presentación de Olinia Carga, minivehículo eléctrico con capacidad para transportar mercancía de hasta 650 kilos con una autonomía de más de 120 kilómetros (km), que junto con Olinia 1 para pasajeros y Olinia Van, tiene el objetivo de promover la minielectromovilidad en el país y cuya convocatoria para su producción industrial se publicará a finales de septiembre de este año.
Todo lo que genera estatus y privilegios suele terminar en fetiche. Es decir, en un objeto al que se le atribuyen poderes mágicos o una devoción excesiva. El psicoanálisis freudiano incluso lo señala como algo que produce excitación, emoción y un deseo de virilidad masculina o fertilidad femenina más allá de lo biológicamente posible.
Para los anexionistas de derecha mexicanos, no tener la Visa estadounidense es un pecado capital, un símbolo de desgracia o de haber caído en el más profundo de los abismos existenciales. Es como haber perdido la nacionalidad.
Para los autárquicos aislacionistas del siglo XXI, adoradores de Juan Bodino (padre ideológico de los Estados feudales amurallados), la Visa es un documento tan extraño, prescindible y tóxico que puede ser guardado en “salva sea la parte”.
La realidad es muy distinta y distante de fetiches, llámense relojes, trajes, zapatos, bolsas, autos, pasaportes, Visas y cualquier objeto que el branding de la mercadotecnia ha elevado al rango de prueba irrefutable de “mira qué bien me ha ido en la vida”.
No hay una cifra pública exacta sobre el número de connacionales que actualmente poseemos una visa estadounidense, que -como nos han recalcado una y otra vez- es un privilegio, no un derecho. Sin embargo, hay cálculos deductivos que ayudarían a determinarla.
Si para aspirar a esa Visa hay que tener primero un pasaporte mexicano, entonces hay 13 millones de mexicanas y mexicanos (el 10.3 % de la población) con posibilidad real de tenerla.
Si la tasa histórica de rechazo a solicitantes mexicanos de Visa es del 20 %, podemos deducir que el número de compatriotas con Visa estadounidense vigente podría ser de hasta 10.4 millones aproximadamente.
¿Qué pasa con los 120 millones de connacionales nuestros sin esa Visa? ¿Son parias, descastados o apátridas? Si usted cree que sí lo son, entonces usted es de extrema derecha, y más vale que tenga su pasaporte y Visa vigentes. Pero si piensa que en esa mayoría se encuentra la fuerza y la esencia de la nación mexicana, tenga paciencia, porque aún no hemos visto lo mejor del nacionalismo mexicano.
Entre los extremos de la globalización irrestricta y la autarquía economicista se encuentra la interdependencia entre naciones y pueblos, cuyos ejes rectores son la colaboración, la cooperación y la coordinación. Esto no exige tener Visa, sino Visión.
Tres décadas de libre comercio, mal o bien aplicadas, han tejido una suerte de tercera nación en la franja que conecta el sur de Estados Unidos con el norte de México. Esta región, integrada por 113 millones de personas que interactúan a diario, sería la economía número 16 del mundo si fuese un país independiente. Tal interdependencia convirtió a México en la nación con mayor número de residentes estadounidenses en el planeta, e hizo que el vecino del norte absorba el 80 % de nuestras exportaciones.
En esta franja fronteriza, la Visa no es un fetiche social ni político, es una herramienta práctica, un instrumento cotidiano que facilita el intercambio humano y económico. La relación bilateral es mucho más compleja y rica que la simple posesión de un permiso de ingreso; está hecha de lazos culturales, familiares y comerciales que trascienden cualquier documento migratorio.
La Visa estadounidense se volvió fetiche porque encarna la asimetría fundamental de la relación bilateral. Más que un permiso de ingreso, es la llave que abre o cierra la puerta al “sueño americano”, al consumo, al trabajo mejor remunerado, a la reunificación familiar y, en muchos casos, a la supervivencia económica. Pero además el fetiche se convierte en objeto de “devoción excesiva” por su capacidad para jerarquizar a las y los mexicanos entre “aquellos que pueden” y “aquellos que no pueden”.
Esta jerarquización permeó el imaginario social de manera profunda. Así, no tener Visa se vive como un estigma, una limitación que trasciende lo administrativo para convertirse en una marca de exclusión social. La derecha anexionista mexicana lo considera una suerte de fracaso existencial que coloca al individuo fuera del circuito del éxito.
Pero este fetiche no es inocente. Su construcción se alimentó por décadas de narrativas que asocian a EE. UU. con el progreso, la modernidad y la oportunidad, mientras que México es presentado -en el mismo relato- como el lugar del atraso, la inseguridad y la falta de futuro. La Visa se convierte así en el salvoconducto simbólico hacia una mejor visión de futuro, validada por la mirada del poderoso vecino del norte.
La devoción por la Visa tiene consecuencias concretas que trascienden lo individual, pues genera una fractura social silenciosa pero efectiva, creando una suerte de “casta migratoria” que reproduce desigualdades estructurales. Además, distorsiona las prioridades de política exterior y desarrollo, ya que la obsesión por ser “bien vistos” en Washington puede llevar a concesiones que no siempre benefician los intereses nacionales de largo plazo. Y, adicionalmente, alimenta una dependencia cultural que limita la imaginación de futuro de México.
La verdadera fuerza de México no está en el aproximadamente 8 % de compatriotas con visa, sino en las inmensas mayorías que construyen al país día a día desde dentro, en su diversidad natural y geográfica, en su carácter multiétnico y pluricultural, su resiliencia histórica, su capacidad creativa y su gente. La Visa puede ser un privilegio, pero no define la mexicanidad.
Desmontar el fetiche de la Visa es un ejercicio de liberación simbólica. Implica reconocer que el valor de las y los mexicanos se mide por su contribución a la construcción de un país más justo, más próspero y soberano, no por su capacidad de cruzar una frontera. La Visa es un documento; la identidad, un proceso que aún no muestra lo mejor de sí mismo.
Posdata: si te cancelan tu Visa, hay más de 110 países que con el solo pasaporte mexicano te dan la bienvenida y en donde eres persona digna de confianza.