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Fracking sí, pero con responsabilidad ambiental y eficiencia administrativa: López Rabadán
Al afirmar que México tiene la oportunidad de avanzar hacia una verdadera soberanía energética, la presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Kenia López Rabadán, se pronunció a favor de usar el fracking como técnica de extracción, pero con responsabilidad ambiental y eficiencia administrativa.
El anuncio del presidente Trump de la posible destrucción apocalíptica de la civilización persa de Irán (la más antigua de la humanidad, con 3,200 años de existencia antes de la era cristiana), el retiro de EE. UU. de la primera mesa de negociación en Pakistán para intentar reabrir el canal de Ormuz y el cuestionamiento al Papa León XIV, líder del catolicismo, por denunciar la “ilusión de omnipotencia” que está detrás de la guerra en Irán, son episodios que nos remiten a un escenario de las relaciones internacionales que parecía superado o irrealizable: el llamado “choque de civilizaciones”, término acuñado hace tres décadas por el politólogo estadounidense Samuel P. Huntington para explicar cómo podrían ser los conflictos internacionales una vez concluida la etapa de la Guerra Fría, con la caída del muro de Berlín y el desplome de la URSS como potencia ideológica, económica y militar.
Según Huntington, la desaparición del mundo bipolar representado por los EE. UU. y la URSS (capitalismo vs. comunismo), donde la historia se habría decantado a favor del primer modelo, representado por el libre mercado, la democracia y los derechos humanos (los llamados “valores occidentales”), provocaría que los conflictos internacionales entre las naciones ya no fueran por motivos ideológicos o económicos, sino por factores culturales y religiosos entre las diferentes civilizaciones.
Así, ya no veríamos guerras impulsadas por mundanas expansiones territoriales o apropiaciones de mercados económicos, sino por imposiciones de pensamientos, religiones y culturas únicas. Una especie de “cruzadas” modernas que buscarían imponer estilos de vida, pensamiento y creencias de una civilización al resto del mundo.
El también profesor de Harvard delineó en aquel momento un mundo de ocho civilizaciones: Occidental (con EE. UU. al frente), Ortodoxa (liderada por Rusia), Islámica (Irán o Arabia Saudita al centro), Sínica (con China a la cabeza), Hindú, Japonesa, Latinoamericana (liderazgo de México o Brasil) y Africana.
Advertía asimismo que el avance de la Civilización Occidental sobre las restantes siete generaría conflictos, fricciones, resistencias y guerras, especialmente de parte de las civilizaciones islámica y ortodoxa.
Huntington recibió críticas en su momento por acogerse al fatalismo de las Escuelas de Pensamiento que proponían el fin de la historia, y por confundir lo que eran burdos fines económicos con cruzadas civilizatorias de la humanidad.
El control del canal de Ormuz, por el que transita el 40 % del petróleo y el gas que mueve a la economía mundial, y el cruce de amenazas de destrucción entre los actores de este conflicto viene a demostrar que sí existe en efecto un choque de civilizaciones, pero cuyos motivos, más que culturales, siguen siendo mundanamente económicos, por el control de materias primas, energías básicas y tierras raras, cuyo objetivo no es precisamente civilizar, sino dominar o exterminar al otro.
No sabemos aún el desenlace del cierre en el canal de Ormuz, pero tampoco es difícil adivinar la carta central de la mesa de Irán: el manejo del tiempo. Los descendientes de los Persas estirarán la liga hasta noviembre, apostando a la pérdida republicana en la elección intermedia, por la irritación que causa en el electorado estadounidense promedio la inflación de un Ormuz estrangulado. Por su parte, EE. UU. e Israel buscarán a la brevedad colocar al frente de Irán a un Ayatola occidentalizado.
Como corolario de esto último, tenemos que ninguna guerra es civilizatoria. Menos las que huelen a azufre, petróleo y gas, el hedor del infierno. Sin embargo, aunque el hedor a hidrocarburo delate la verdadera naturaleza extractivista del conflicto, la historia nos exige mirar un matiz incómodo que Huntington no alcanzó a perfilar con precisión: la guerra no civiliza, sino todo lo contrario.
Lamentablemente, como se demostró en el propio caso de Venezuela, no resultaba difícil acertar en esta ocasión, al desnudar la raíz mundana del conflicto: el porcentaje de la producción del crudo mundial que transita por el estrecho de Ormuz no es una abstracción cultural, es el torrente sanguíneo de una maquinaria industrial que no entiende de Profetas ni de Ayatolas.
En este sentido, la estrategia temporal de los descendientes de Ciro el Grande revela la asimetría más cruel y a la vez más esperanzadora del tablero. Irán no necesita ganar una guerra cinética para desenmascarar la falacia del “choque”. Le basta con no perder la paciencia. Le basta con demostrar que una civilización de tres milenios no se desploma por un mensaje amenazante subido a redes sociales ni por sanciones bancarias.
El error de interpretación de Huntington fue creer que las culturas chocan como placas tectónicas. La realidad de Ormuz demuestra que las culturas son arrastradas como rehenes hacia la falla de San Andrés del sistema financiero global. La Cultura Persa no está chocando con la Occidental, está siendo aplastada por una falla geológica del capitalismo tardío que necesita el flujo constante de hidrocarburos para no colapsar sobre sí misma.
Así, la guerra actual no es el choque de civilizaciones anunciado, es la fricción de un modelo civilizatorio único y globalizado contra sus propios límites energéticos. El infierno no es el otro cultural. El infierno es una atmósfera irrespirable donde el azufre y el gas ya no dejan ver las estrellas que guiaban tanto a los magos Persas como a los navegantes Fenicios.
La única batalla que la civilización debería dar hoy es la del pensamiento. Tenemos que seguir escribiendo y debatiendo mientras las bombas y los drones -esa realidad cruda de la denominada “guerra cinética”- imponen su silencio de hierro.