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Mier Velazco llama a esperar resultados de consulta pública sobre lineamientos de derechos de las audiencias
El presidente de la Junta de Coordinación Política, Ignacio Mier Velazco, consideró que antes de emitir un juicio anticipado sobre los Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias, es necesario participar en la consulta pública para externar los diferentes planteamientos respecto al tema y, en su caso, enriquecer las propuestas.
Las sospechas de presunto fraude masivo en la realización del primer examen de admisión totalmente en línea de nuestra Máxima Casa de Estudios nos alertan sobre los nuevos retos que la inteligencia artificial (IA) plantea en la educación y sobre la nueva forma en que las juventudes se enfrentan a los desafíos de la vida cotidiana.
La UNAM detectó resultados inusuales en la realización de su prueba de ingreso, pues la mayor parte de las personas examinadas obtuvieron calificaciones aprobatorias máximas de 8, 9 y 10. Algo cercano a la perfección, pero atípico.
A pesar de que en redes sociales incluso se anunciaron servicios para la realización del examen con asistencia remota, mediante el pago correspondiente, este comportamiento inusitado en las calificaciones responde, más que a una estafa multitudinaria, a una práctica escolar generalizada que va rápidamente en aumento entre las y los jóvenes, desde la secundaria hasta la universidad, y que es el acompañamiento de la IA.
Mirando por encima de las implicaciones jurídicas y éticas, nos encontramos ante la presencia emergente de la suplantación de las funciones más distintivas del ser humano, como pensar, razonar y tomar decisiones, para transferirlas a una tecnología. Al mismo tiempo, estamos reduciendo la libertad y el libre razonar (dos de las cualidades inherentes a la condición humana) a la esclavitud y la tiranía del algoritmo. Justo lo que Yuval Harari advierte cuando afirma que “la IA podría ser una gran psicópata manipuladora”.
Hay, sin embargo otras y otros jóvenes que, por supuesto, utilizan esa herramienta para complementar, subsanar y potenciar sus conocimientos y habilidades técnicas o vocacionales, lo cual es deseable e imitable, pero trampear y chamaquear al sistema meritocrático educativo universal, cuya filosofía proviene del estoicismo griego, de la cultura del esfuerzo personal y de la especialización profesional inspirada por Martín Lutero, Juan Calvino y Ulrico Zuinglio (fundadores del protestantismo moderno y de su ética capitalista que premia el esfuerzo), abre todo un abismo que la propia IA recomienda no ahondar.
Hace bien la UNAM en investigar los resultados de este ejercicio, pues pasar del acordeón de papel al acordeón digital no es precisamente una muestra de avance educativo. Ahora es pertinente empezar a regular la IA, para que se transforme en una plataforma de progreso para la humanidad y no en el grillete de su libertad, su razonamiento y su sentimiento.
El episodio de la UNAM fue más que un hecho aislado o una anécdota pintoresca, ya que es el síntoma de una fractura civilizatoria que la pandemia y la aceleración tecnológica pusieron al desnudo: la consolidación de un mercado paralelo de la deshonestidad académica y no solo la astucia de jóvenes para burlar un sistema.
Según algunos reportes, no hubo solo estudiantes que copiaban respuestas con ayuda de ChatGPT en una pestaña o en una ventana oculta; el negocio era mucho más sofisticado, pues organizaciones ofrecían paquetes completos en los que alguien “experto” realizaba el examen desde el mismo domicilio de la persona aspirante, mientras esta se sentaba frente a la cámara simulando resolver las preguntas. Para ello, usaban espejos, segundas pantallas e incluso dispositivos ocultos que transmitían las preguntas en tiempo real a un tercero que, con acceso a la IA, devolvía las respuestas por un audífono imperceptible.
Este modus operandi revela algo más profundo que un simple “atajo”, y es la externalización completa del acto de conocer. No es que la IA haga la tarea, es que (operada por un tercero pagado) suplanta por completo la presencia intelectual del aspirante, quien se convierte en mero testigo de su proceso de selección. Otra pregunta que debería estremecernos es: ¿qué tipo de profesional estamos formando si el rito de ingreso -que debería ser el primer acto de autonomía intelectual- se delega en un algoritmo gestionado por alguien más?
La UNAM y el sistema educativo nacional deben regular el uso de la IA con pedagogía, no únicamente con castigos. Prohibir sin explicar alimenta la tentación; educar sobre sus límites y potencialidades crea conciencia. Es indispensable lanzar campañas permanentes de alfabetización algorítmica que enseñen a las juventudes a identificar cuándo la IA ayuda y cuándo reemplaza, cuándo es una aliada y cuándo es un sustituto que empobrece el aprendizaje. También es urgente que las instituciones educativas ofrezcan cursos sobre ética digital, propiedad intelectual y honestidad académica en entornos tecnológicos, más que como requisito burocrático, como un espacio de reflexión viva sobre el tipo de sociedad que queremos construir.
Tampoco podemos soslayar el factor socioeconómico. Quienes pagan por estos servicios suelen ser familias con recursos, mientras que las y los estudiantes sin acceso a esa red quedan en desventaja. Es una nueva capa de desigualdad educativa: la meritocracia ya no se mide solo por el esfuerzo, sino por la capacidad de comprar la trampa adecuada. La UNAM, al investigar y sancionar, defiende su prestigio, pero también la igualdad de oportunidades y el principio de que un lugar en ella debe ganarse con el talento y dedicación propios, no con el bolsillo familiar.
Lo ocurrido con el examen de admisión es un llamado de atención para rediseñar la educación superior desde sus cimientos. La IA no es el enemigo; es el espejo que nos muestra nuestras propias fragilidades como sistema. Si convertimos esta crisis en una oportunidad para repensar qué, cómo y para qué evaluamos, daremos un salto cualitativo que trasciende la mera tecnología. Si nos limitamos a endurecer los candados digitales sin tocar la estructura educativa, el próximo año las estratagemas serán aún más sofisticadas y el abismo entre la simulación y el saber genuino se hará insalvable.
La Universidad, como faro de la nación, tiene la oportunidad histórica de zanjar este tipo de dificultades y dilemas que confrontan a las nuevas generaciones en un entorno sociotécnico complejo.