El orgullo levanta cualquier ánimo y ánima caída

Ciudad de México, 8 de julio de 2026

Candelero

Por Ricardo Monreal Ávila

He tenido la fortuna de ver los tres mundiales realizados en México (1970, 1986 y 2026). Cada uno estuvo enmarcado en una serie de sucesos históricos de carácter político, económico y social, que constituyeron un hito en el desarrollo del país.

En 1970, la nación aún gozaba de los efectos tardíos del llamado milagro mexicano, sostenido, entre otras razones, por la política del desarrollo estabilizador y la sustitución de importaciones. Lamentablemente, en lo político, el régimen del partido hegemónico (en términos de Giovanni Sartori) pragmático daba tumbos y, en forma irresponsable, dos años antes había dado una de las muestras de intolerancia, cerrazón y represión más ominosas del siglo XX.

Para el Mundial de 1986, el entorno económico no era tan favorable y el ánimo social estaba condicionado por eventos de proporciones históricas, como el terremoto de 1985. En este marco, México necesitaba un halo de esperanza y buenos motivos para galvanizar a una población golpeada tanto por la naturaleza como por la creciente deuda y la inflación. “El Mundo Unido por un Balón” fue el lema de aquella gran gesta deportiva que, efectivamente, hizo aflorar la virtud de la unidad y la solidaridad.

Políticamente, el régimen era traspasado por la estafa neoliberal, y los años venideros estarían marcados por serios retrocesos, reflejados, entre otros aspectos, en la ingente corrupción y el fraude electoral.

En la dimensión deportiva, cada uno de estos Mundiales dejó una huella y un personaje extranjero que el pueblo mexicano adoptó e hizo suyo. 

En 1970, Pelé fue la estrella a la que México le entregó su cariño y reconocimiento. “Mi negro de oro”, decía la gente. Pelé lo percibió, y cada vez que había oportunidad, expresaba que México era como su segundo hogar. Y disfrutaba venir a nuestro país, en donde hizo muchas amistades. El Rey Pelé fue uno de los embajadores más importantes del futbol, y su consagración en el otrora Estadio Azteca marcaría su carrera como uno de los grandes de ese deporte.

En 1986, Diego Armando Maradona -junto con aquel gol guiado por “la mano de Dios”- fue el personaje que hizo historia. Recuerdo que muchos mexicanos nacidos después del Mundial recibieron el nombre de pila del Pibe de Oro.

Quizá no tuvo el enamoramiento que obsequió Pelé a las y los mexicanos, pero Diego Armando afirmaba que el Mundial de México 86 lo había catapultado al mundo, y por ello le guardaba aprecio y respeto.

De hecho, cuando le ofrecieron uno de sus últimos trabajos profesionales como director técnico (en los Dorados de Culiacán, 2018-2019), no dudó en regresar e instalarse en México.

En el Mundial en curso, ningún jugador extranjero ha ganado aún el corazón de toda la afición mexicana, como lo hicieron Pelé y Pelusa.

El argentino Lionel Messi y el portugués Cristiano Ronaldo han conseguido polarizar la opinión de muchas personas alrededor del mundo desde hace años. Es tal su calidad, que no son pocas las manifestaciones en torno a su lugar preeminente en la historia del balompié internacional. Por ello la gran expectación en torno a su participación con sus respectivas Selecciones Nacionales.

Igualmente, grandes expectativas han despertado la figura del francés Kylian Mbappé, cuya extraordinaria capacidad golpeadora podría ubicarlo eventualmente como el más grande anotador en la historia de la competencia. Este último y las dos leyendas vivas ya mencionadas son algunos aspirantes a ocupar el podio que la afición mexicana le ofreció cariñosamente en su momento a los astros brasileño y argentino, aunque todavía no alcanzan el engagement del respetable.

En cambio, quienes sí lograron enganchar en el corazón y en la mente de nuestro pueblo fueron la Selección Mexicana y su director técnico, el Vasco Aguirre. Este “espíritu de cuerpo” y el reconocimiento unánime que alcanzó el equipo en su conjunto no lo percibí en los anteriores eventos mundialistas.

Antes se hablaba de los futbolistas en lo individual; hoy se habla de “la Selección Mexicana” o del “Equipo Nacional”, con mayúsculas iniciales y en primer plano, y de los jugadores en lo individual, en segundo plano. Por supuesto que Gilberto Mora, Julián Quiñones, Raúl Jiménez, Erik Lira y Roberto Alvarado -entre muchos otros- son figuras sobre las que se seguirá comentando en los próximos días y años, pero de lo que más habló la gente fue de la Selección Nacional.

Y no podía ser de otro modo; el nivel de juego desplegado por el equipo nacional sorprendió positivamente a propios y extraños, por lo que su pase a cuartos de final del torneo parecía una meta alcanzable, factible. Lamentablemente, aunque las dos escuadras dieron un gran juego, solo una podía llevarse el boleto para acceder a la siguiente ronda. Esta vez el triunfo fue para el equipo inglés, pero el futbol da revancha y, con todo y la derrota en la cancha, no debe pasarse por alto la gran victoria de la afición mexicana, que supo congregarse una vez más en torno a la esperanza, con unidad, solidaridad y plena empatía al prójimo y al representativo nacional.

Entre las principales aportaciones de este Mundial están ese reconocimiento y aprecio por un espléndido trabajo de equipo, que deberíamos seguir alimentando en estos días y, preferiblemente, extender a los demás ámbitos de la vida en sociedad.

Si una vez más fue patente la capacidad de las y los habitantes de este país de sortear las diferencias y empujar con fuerza en la misma dirección, sería una pena dejar que se perdiera ese activo, necesario para lograr grandes objetivos.

El país está ávido de un referente que nos una; que muestre lo que somos capaces de alcanzar juntas y juntos cuando tenemos una vivencia, experiencia y motivación común. Y la Selección Mexicana de Futbol logró darle al país esta cohesión en cada gol anotado, en cada tiro detenido en su portería, en cada robo de balón al equipo adversario, en cada canto del Himno Nacional.

Como bien lo resumió la Presidenta Claudia Sheinbaum el domingo en su cuenta de X, al terminar el partido de México contra Inglaterra: “¡Ánimo! A veces se gana y a veces se aprende; lo importante es seguir adelante y representar a México con orgullo. Lo logrado por los jóvenes de la Selección vive en el corazón de las y los mexicanos por siempre”.

En efecto, cuando se pierde con dignidad, ni dolor se siente, porque el orgullo levanta cualquier ánimo y ánima caída.

¡Qué gran Selección Mexicana tuvimos en este Mundial 2026!

¡Felicidades, muchachos, y felicidades al Vasco!

ricardomonreala@yahoo.com.mx

X: @RicardoMonrealA